La ruptura en la pareja

El proceso de duelo ante la pérdida amorosa

El término de una relación amorosa es un acontecimiento vital del que casi nadie suele salir espontáneamente indemne, sea cual sea el nivel de intimidad y duración de la relación. Evidentemente cuanto más larga la trayectoria de la pareja más habrá que despedir, pero también resultará igualmente difícil y doloroso decir adiós a una relación corta en la que la persona haya entregado mucho de sí, o en aquellos casos en que ésta se vea truncada de forma inesperada para alguna de las partes.

Las personas queremos amar y ser amadas y cuando sufrimos una pérdida de este tipo necesitamos reconstruirnos de nuevo e integrar la ruptura para poder cerrar una etapa de la vida y seguir con nuestro camino. Las despedidas y los cierres no son fáciles, sin embargo. Mientras iniciar algo, un proyecto, una relación, pone en juego lo mejor de nosotros mismos, es decir ilusión, ganas, alegría o confianza, en cambio, terminar aquello que empezamos suele movilizar sentimientos más complicados de integrar y manejar como son el miedo, desconfianza, traición, decepción, tristeza, dolor, falta de autoestima o reactividad.

Cuando una pareja se rompe, por tanto, comienza una etapa, más o menos extensa, en la que se movilizan un sinfín de emociones, a veces ambivalentes, entre las que destacan el dolor, la culpa, la ira y la tristeza. Todas estas emociones tienen que ver no sólo con la disolución del vínculo amoroso, sino también con la sensación de pérdida o crisis de autoconcepto que vive la persona ante dicha pérdida. Ello es así independientemente de quien promueva la ruptura, aunque quizás sea más significativo, en aquella parte de la pareja que no se la podía esperar o que, aún consciente de las dificultades, seguía apostando por intentar salvar la relación.

Como menciona Neimeyer (2002, p.54) ante una ruptura amorosa:

Dejamos de definirnos como miembros de una pareja, como alguien que «pertenece» a alguien, y pasamos a definirnos como personas independientes (…) Esta transición no sólo requiere un cambio significativo en la propia visión de uno mismo (…) también hace necesario que las personas que forman parte de nuestro mundo social asuman este cambio. Todo esto puede ser un proceso devastador si tenemos en cuenta que el hecho de que las rupturas raramente son «limpias» suele complicar aún más la transición.

Este proceso psicofísico que vivimos después de una ruptura amorosa es la manera natural de integrar la pérdida, acomodarnos a ella y seguir adelante con nuestra vida. En este sentido, aunque el duelo es indudablemente un proceso doloroso, también puede ser tremendamente terapéutico si dejamos que se exprese sin trabas y no llega a cronificarse (Lugo 2012).

Son manifestaciones de un duelo normal los sentimientos de tristeza, que expresamos a través del llanto; el enfado, que se produce como consecuencia de la frustración de no haber sido capaz de sacar adelante la relación o por aquello que nos hizo la otra persona que no nos gustó; y la culpa o autorreproche, que nos recuerda aquello que sentimos que no hicimos bien y causó la separación. También lo son la ansiedad ante la perspectiva de vivir la vida en soledad o ante la idea de no saber si se podrá superar el duelo, la insensibilidad o ausencia de emociones como mecanismo protector o la incredulidad ante lo sucedido, la confusión, la preocupación obsesiva por recuperar a la persona o los pensamientos negativos como “nunca encontraré a otra persona”, etc. La vivencia del duelo puede venir acompañada asimismo de sintomatología a nivel físico como falta de energía, falta de aire, opresión en el pecho o la garganta, debilidad muscular, sensación de vacío, dificultades del sueño, distraibilidad, aislamiento social, desorganización alimentaria, hiperactividad o anhedonia. (Worden, 1997)

La presencia de alguno o varios de estos síntomas, transcurrido el tiempo desde la pérdida es, de hecho, un síntoma inequívoco de que el duelo no está resuelto y no se completado el proceso de despedida de la relación. En este sentido, un proceso de duelo terapéutico, paralelo o posterior al que se produce de manera natural, puede facilitar que el tiempo necesario para superar la pérdida se acorte y que se pueda realizar una despedida consciente y definitiva de la ex pareja. Esto no significa borrar a esa persona sino recolocar su recuerdo sin dolor, pues una vez que se limpian los asuntos inconclusos y las emociones pendientes la persona doliente puede quedarse en paz con ella misma y con lo que fue la relación. Además, más allá de todo eso, puede extraer un aprendizaje sobre el modo personal de relacionarse que resultar extremadamente útil en el futuro si no se quiere volver a caer en patrones repetitivos.

En el modelo humanista gestáltico, el acompañamiento a la ruptura de pareja se plantea como un proceso que sirve para equilibrar la interacción de la persona con su entorno, en la medida en que busca armonizar su condición de vida frente a la pérdida. Una ruptura de pareja hará que emerjan determinadas necesidades que pugnarán por ser satisfechas y, en este sentido, las personas en duelo tendrán que hacer ajustes en el contacto con el entorno para resolver los asuntos inconclusos de la relación. Así, por ejemplo, si a lo largo de su relación de pareja, una persona no se da cuenta de lo que le está haciendo daño del otro, decide no manifestarlo, o renuncia a su enfado a cambio de otra cosa, es muy probable que tras la ruptura ese enfado no expresado se convierta en resentimiento.

Los resentimientos son un tipo de asunto inconcluso y también por supuesto, el aprecio, el amor, las culpas, las heridas antiguas o las frustraciones. El asunto reside en que una persona no puede cerrar una relación y retirarse, sin darse cuenta de lo que le sucede y sin dar curso a las necesidades relacionadas con sus emociones (enfado y culpa especialmente), es decir sin expresarlas, validarlas y resolver lo que haya pendiente con la persona de la que se despide. Otras veces, la persona permanece vinculada a la pérdida para evitar concluir la relación y despedirse o para no tener que comprometerse con otras personas y con su propia vida (Tobin, 1978).

En estos casos, en que hay dificultad para separarse, así como en aquellos casos en que la persona tiene necesidad de poner conciencia sobre lo que ha sucedido en la relación o quiere despedirse y cerrar de manera consciente, puede ser de gran ayuda realizar un proceso terapéutico gestáltico de elaboración de la pérdida.

Marta O’Kelly Rasco. Terapeuta Gestalt de adultos y parejas. Axiómetra. Miembro A.E.T.G. Especializada en intervención en el duelo de pareja.

Referencias

Lugo, F. (2012). La terapia Gestalt en el duelo por la muerte de un ser querido (tesina). Asociación Española de Terapia Gestalt.

Neimeyer, R.A. (2002). Aprender de la pérdida, una guía para afrontar el duelo. Barcelona, España: Paidós.

Tobin S. A. (1978). Esto es Gestalt. Colección de artículos sobre terapia y estilos de vida gestálticos, pp.133-145. Santiago de Chile: Cuatro Vientos.

Worden J.E. (1997). El tratamiento del duelo. Asesoramiento psicológico y terapia. (4ª edición). Barcelona, Buenos Aires, México: Paidós